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jueves, 20 de junio de 2013

#. Me hiciste amarte antes de poder negarme.

Te quise desde la primera vez que dijiste mi nombre y fui capaz de creer que yo valía la pena. Supe que tenías que ser tú el que me hiciera llorar todos los martes de silencios y me mataras a cosquillas las tardes de los viernes. Que si había que apostar absolutamente todo lo que me quedaba por alguien, esa persona debías ser tú. Y es que tu mirada era lo más parecido a la magia que había visto nunca. Y es que un día me prometí que me colgaría de tu sonrisa para vivir siempre contigo. A pesar de que todo eso conlleve amoldarme a tus brazosal remolino de tu pelo. Acostumbrarme a que me hicieras feliz con cada detalle, volverme frágil si no me acariciaba tu voz, olvidar cómo conciliar el sueño sin el eco de tu risa en mi cabeza. Pero hoy quiero decirte algo que mis labios jamás lograron articular. Confesarte esto que me desborda las pupilas, reunir el valor necesario para que sepas que yo, yo... volvería a elegirte. Una y mil veces, tantas como las noches en las que me prometí que ya nunca serías el único capaz de salvarme. Contarte, por ejemplo, que no se me ocurre ningún plan más perfecto que ganarte al tres en raya entre tus lunares. Que nadie ha vuelto a repetir mi nombre miles de veces tan solo porque le encantaba saborear todas las sílabas. Que todavía sigo esperando que dibujes en mi brazo un te quiero cada viernes a las cuatro. Y que no voy a dejar de esperarlo (ni de esperarte) nunca, por mucho daño que me haga su nombre en tus labios. Que nunca dejaré de llorar al sentir que mi voz se ha vuelto para ti tan fría, tan extraña, tan ajena y distante como un millón de astillas. Si alguna vez te das de bruces contra esto, como quien se encuentra a un viejo amigo, solo te pido que trates bien a mis letras. Y que me imagines regalándote las ocho palabras que nunca tuve la valentía de decir: 'te quiero; como ayer, como antes, como siempre'.

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